sábado, 24 de octubre de 2015

La K de Kafka, según Mark Strand. Je suis Samsa

La noche de hoy es sorprendente, porque los relojes han de atrasarse una hora. Es seguramente ese espacio de tiempo artificial el momento ideal para que la metamorfosis en proyecto que  llevamos dentro se cumpla. Todos, en efecto, somos Samsa, IMGP4357 (2)

(Fuente del texto que aparece a continuación)

K de Kafka, y la autoridad de su peculiar realismo. En el primer párrafo de La metamorfosis, ha ocurrido lo inexplicable. Gregor Samsa despierta y ve que se ha transformado en un monstruoso insecto. Nuestro asombro queda inmediatamente mitigado por la tranquilidad con que el narrador describe al “nuevo” Gregor, ya que le interesa que nos imaginemos a Gregor mucho más que hacernos sentir algo por él. A lo largo de la historia, mientras Gregor se va desintegrando, nuestros sentimientos por él van aumentando considerablemente. Pero al principio lo único que sabemos es que Gregor ha sufrido una extraña metamorfosis. No se trata de que solo se sienta como un insecto, ni de que su despertar sea una ilusión y en realidad siga en un sueño incómodo. Es un insecto de verdad. La fuerza del relato depende de que aceptemos esta verdad excepcional. Si Gregor gritara al ver por primera vez su cuerpo, dejaríamos de inmediato de creerle. Ello indicaría que sabía o sentía el alcance de su desgracia cuando, en realidad, su desgracia no había hecho más que empezar. La descripción metódica y distante que Kafka ofrece de Gregor, que establece el tono, así como las fases de la historia, dificulta que el lector pueda revertir —aunque quisiera hacerlo— la extravagante premisa de la narración. Sería demasiado trabajo. Los hechos insisten en que cualquier duda que tengamos acerca de lo que ocurrió está condenada a carecer de fundamento. Estamos más seguros, de momento, si creemos en la desventura de Gregor que si no, porque, si no creemos en ella, ¿en qué creeríamos? No habría ninguna historia, y, lo que resulta igual de penoso, no habría ningún universo que acogiera lo inesperado.

domingo, 18 de octubre de 2015

Quiasmo vandálico en la catedral de León. Duró lo que el rayo tras la zarza

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Dejando a un lado las meramente religiosas, hay muchas razones para que a uno le parezca mal este tipo de grafiti. Supone enseñorearse salvaje e ilegítimamente de un bien común, al menos en cierta medida, y su contenido es contrario al parecer de muchos, que, creyentes o no, pueden sentirse molestos u ofendidos, incluso desde un punto de vista laico, dado el tono claramente provocativo.

Cabe, sin embargo, señalar que el grafiti revela lo mismo que las provocaciones a las que a menudo el profesor debe hacer frente en el aula, el cuestionamiento de una autoridad que debe ser demostrada antes que impuesta. Existe seguramente tras el ácrata que hizo estas pintadas un desmedido reproche hacia un discurso que encuentra falso y en cuya legitimidad no cree. Las frases, no exentas de cierta voluntad de estilo, puesta de manifiesto por la figura retórica sobre la que están construidas, es muy probable que apunten al corazón de una institución cuyo discurso se debate entre la necesidad de ser aceptado sin cuestionamientos, gracias a la fe, y la dificultad que eso supone en el mundo de hoy en día. Además, se añade a lo anterior el nefasto ejemplo cotidiano de muchos de sus ministros.

Si no me equivoco, nada más acorde con la dicha cristiana que atraer al que no cree al rebaño de los creyentes. En eso también se parece la iglesia a los profesores con vocación. Podríamos pensar que si quien ha hecho estas pintadas se convirtiera, sería recibido con toques de campana de bienvenida en esa misma catedral agredida. Por mi parte, me conformaría con que unas buenas clases de educación cívica, le hicieran encauzar su malestar por otras vías menos agresivas. Aunque, más allá del desafortunadísimo sitio escogido para expresarlo, en lo que el grafiti pueda tener de impertinencia, también habría que recordar aquello que  señalaba Benet:  “Yo creo bastante en la eficacia de la impertinencia, sobre todo en la de determinadas opiniones impertinentes… En cierto modo esas opiniones son, por impertinentes, las más útiles, las más atractivas.Si las opiniones se matizan, pues se vulgarizan, y entonces caen en el lugar común. En cierto modo, la opinión radical puede hacer daño, pero no deja de ser un extremo del campo de la opinión, lo linda… Una opinión tajante es más atractiva que una opinión mesurada. Me gusta ir por el mundo con ideas radicales. Ya que uno no puede radicalizarse en la vida pública, sí al menos en la vida privada.” (Benet, Juan, Ensayos de incertidumbre, edición de Ignacio Echevarría,  Barcelona, Debolsillo, p. 477).

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